Cuatro días a la semana, después de comer y durante veinte minutos, delante de mis padres, que tienen que estar callados, he de quejarme de todo. Desde cuando era pequeño hasta esta misma mañana. Explicar todo lo que me ha hecho sentir mal. Dije que no desde el primer momento. Y sigo diciendo no, no, no y no.
Ésto es presión. Ésto es un asco. No sé dónde esconderme.
En dos sesiones he descubierto que soy un ciempiés. Hurra.
martes, 24 de marzo de 2009
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